Violencia, pérdida y café en Colombia: Una carta de María Bercelia Martínez

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Dos cosas me impactaron cuando conocí a María Bercelia Martinez en su finca en Acevedo, Huila. Primero, que ella y su familia tenían una aproximación diferente al cultivo del café. Segundo, lo unida que era su familia, aún en comparación a otras familias colombianas. Curiosa de saber más sobre ella, le pedí que diera un poco más de información sobre ella. Así fue que ella le escribió esta carta a CCS.

No es fácil de leer, en especial para alguien que conoce la generosidad, el afecto y la determinación de esta mujer. Tristemente, es una historia común en Colombia y es posible oír diferentes versiones de cualquier persona que vive en el campo. Eso no la vuelve menos conmovedora o menos importante de leer.


 Maria Bercelia en su finca, Los Angeles, Acevedo, Huila, Colombia. 

Maria Bercelia en su finca, Los Angeles, Acevedo, Huila, Colombia. 

Apreciados CCS, 

Gracias por esta oportunidad de contar un poco de mi vida y de mis inicios con el café.

En 1982 mis padres se separaron, y tuve que cuidar de mi mamá y de mis dos hermanos menores. En 1984 me casé con José Vianey Erazo, y juntos trajimos al mundo a nuestros tres hijos, Andrea, Diego y Daniel.

Mi esposo y yo comenzamos nuestro negocio propio con los pocos recursos que teníamos entonces. Iniciamos con una pequeña ferretería en el pueblo de El Tigre, en el departamento del Putumayo y, gracias a Dios, pudimos comprar un terreno y construir una casa. Con ese hogar, nuestro negocio y nuestros hijos, fuimos muy felices. Habíamos realizado nuestros sueños, y pensamos que podríamos vivir allí toda la vida. 

Tristemente, no habría de ser así. De un momento al otro, empezó la fiebre por plantar cultivos ilícitos (tales como coca, el insumo necesario para la cocaína) en nuestra región, aquellos que tanto daño le han hecho a nuestro país. Con estos cultivos llegaron las guerrillas y tomaron control del área con la ayuda de “milicianos” (colaboradores de la guerrilla). Fue una época terrible donde se asesinaban personas a diario y muchas veces por razones injustas.

Como vivíamos en medio de la zona controlada por la guerrilla, todas las autoridades gubernamentales nos miraban a todos como si fuéramos guerrilleros, aunque muchos vivíamos de nuestros negocios y éramos inocentes. Eramos más los buenos que los malos, pero nos juzgaban a todos por igual.

Vivíamos tan tranquilamente como era posible, en la medida en que no nos metimos en problemas y solo nos dedicábamos a cuidar nuestros hijos y atender nuestro negocio. Eso fue así, hasta 1999. A media noche llegaron los paramilitares (grupo mercenario financiado por el narcotráfico y el mismo gobierno para combatir las guerrillas), se tomaron el pueblo y asesinaron a sangre fría y sin discriminación a 32 personas, en su mayoría inocentes. Desaparecieron muchas otras. Quedaron muchas familias destruidas; mujeres solas, hijos huérfanos. A nosotros, gracias a Dios, no nos pasó nada. Nada físico, porque el corazón y nuestra tranquilidad quedaron destruidos. Perdimos muchos amigos. Fue un momento de gran tristeza que marco nuestras vidas. 

Quedamos sin saber qué hacer ni para donde ir. No queríamos dejar abandonado todo lo que habíamos logrado, nuestro esfuerzo, nuestra vida. Los paramilitares dejaron una amenaza: iban a regresar para rematar a los que nos quedáramos. Esos días nos fuimos a quedar donde un hermano que vivía en La Hormiga, un pueblo vecino. Mirando a nuestros hijos pequeños decidimos que no era el sitio donde debían estar. Decidimos reunir algunos recursos y compramos un lote en Pitalito, Huila, y construimos una casa. Estábamos felices. Era una ciudad tranquila y no se escuchaba violencia por ningún lado. Mis hijos estudiaban en buenos colegios, pero como ni mi esposo ni yo teníamos buena formación académica no fue fácil encontrar trabajo y los gastos de la ciudad eran muchos.

Tomamos una decisión difícil. Dejamos a nuestros hijos solos en Pitalito para que terminaran sus estudios básicos y de bachillerato, y nosotros emprendimos un viaje a un pueblo llamado Llorente, en el departamento de Nariño. Era un pueblo dominado por la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico. No era lo que queríamos hacer. No queríamos volver a vivir en carne propia la violencia, pero trabajar como comerciantes en el negocio de la ferretería era lo único que podíamos hacer. Gracias a Dios fuimos muy responsables con nuestros proveedores, quienes nos abrieron sus puertas para iniciar de nuevo con el negocio. En poco tiempo teníamos un negocio bueno y rentable y nuestra situación económica volvía a estar bien.

Pero no todo era felicidad. Nuestros hijos permanecían prácticamente solos todo el tiempo. Los podíamos ver cada seis meses cuando salían a vacaciones, pero con la ayuda de Dios, ellos terminaron el bachillerato. Andrea siguió su carrera universitaria como contadora pública y Daniel empezó odontología. 

La situación en Llorente se tornó critica. Nosotros vivíamos casi como secuestrados. Abríamos la ferretería a las 6:00 de la mañana y cerrábamos a las 6:00 de la tarde. Luego de esa hora nos encerrábamos, porque los grupos armados habían prohibido salir después de esa hora. El que desobedeciera era asesinado. La violencia se apoderó del pueblo y la guerra por el poder no daba tregua. Desafortunadamente, no teníamos opción sino quedarnos; era la única forma de conseguir los recursos económicos para que mis hijos siguieran en la universidad. Eso fue, hasta que asesinaron a mi primo.

Nunca supimos por qué fue asesinado, porque nuestra familia nunca se involucró en la guerra o la violencia, pero no estábamos sorprendidos. Los paramilitares contactaron a mi esposo y le dijeron que fuera a recoger el camión que mi primo había estado manejando, que nos pertenecía. Cuando mi esposo llegó, un soldado paramilitar le dijo que no informara del sitio donde lo habían asesinado y desmembrado, porque no tenían planeado regresar el cuerpo a la familia. Pero la familia de mi primo hizo su propia averiguación, encontraron el sitio donde lo habían enterrado, lo exhumaron y le dieron un sepelio de acuerdo a sus creencias.

Desafortunadamente, esto creo problemas para nosotros. Los paramilitares pensaron que habíamos sido nosotros quienes les habíamos dicho a la familia de mi primo sobre su asesinato, y amenazaron con matarnos. Tuvimos que dejar Llorente inmediatamente, así que dejamos nuestro negocio atrás.

Lo único que queríamos era estar cerca de nuestros hijos y vivir una vida pacífica. De esa manera nos volvimos caficultores. Nos gustaba la idea de trabajar en el campo y con un producto insignia de nuestro país. Compramos la finco Los Ángeles, y comenzamos a cultivar café.

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Al principio no sabíamos nada del cultivo del café, de la siembra, de la recolecta, de la fermentación o del lavado. Ni siquiera sabíamos como venderlo. No entendíamos qué era el factor de rendimiento y cómo afectaba el precio del café. No endeudamos por qué a veces nos pagaban menos. Afortunadamente somos gente de negocio y emprendedores. Contratamos a un caficultor local para que nos enseñara y aprendimos sobre la prueba de taza y como afecta el precio que se nos paga. Fue ahí cuando decidimos tratar de cultivar café de alta calidad. Pudimos sostener a la familia y, gracias a Dios, mi hija pudo terminar su carrera, cumpliendo mis sueños para ella de ser una profesional educada.

Mi felicidad no era completa, y mi corazón todavía duele por Daniel. Cuando el estaba en el cuarto año de universidad (de cinco), hubo una crisis en los precios del café en Colombia. Tuvimos que pedir unos préstamos para cubrir los sueldos de nuestros recolectores; de lo contrario, nos hubiéramos arriesgado a que se pudriera el café en el árbol. Logramos aferrarnos a nuestra finca, pero no pudimos pagar los gastos de la universidad, y Daniel se vio obligado a dejar sus estudios. Hice todo lo que pude para que se volviera una realidad, pero fallé. Hasta este día seguimos pagando los prestamos que tomamos para mantener la finca andando.

 Esta es la frustración de producir café. Los precios para el café especializado están enlazados con precios inestables de materias primas, aunque es un producto muy diferente. Producir café especializado requiere más dinero, más tiempo, más atención y más determinación. En estos días, todo lo que la fina produce, va a pagar nuestras deudas y no tenemos el dinero para invertir en la misma finca. Vemos los estragos de esto, con una baja producción y una mala densidad en el grano respecto a lo que solían ser.

Quisiera a veces que José y yo hubiéramos continuado nuestras vidas en el Putumayo, criando a nuestros hijos y administrando nuestra ferretería. Estábamos bien financieramente, y teníamos los medios para educar a nuestros hijos; pero estábamos rodeados de violencia y no podía mantener a mi familia a salvo. 

Pero, como dice el dicho colombiano, “no hay mal que por bien no venga”. A pesar de nuestras dificultades, aprendimos el valor de la vida y de la familia. Y, descubrimos el mundo del café! Fue frustrante ver a nuestros hijos abandonar sus estudios universitarios y cambiar sus libros por guadañas y cocos de recolección, pero me siento afortunada porque ahora vivo lejos de la violencia. 

Estoy enamorada del café, y estoy muy feliz de estar con mis hijos. Me trae mucha alegría trabajar junto a ellos para construir una mejor vida para nosotros mismos.

Hemos pensado vender la mitad de la finca para poder pagar nuestras deudas y empezar a re invertir. Buscamos un socio que conozca el mundo del café y que comparta nuestro sueño de producir la mejor calidad. Sé que mi finca tiene un gran potencial y sin la presión de pagar nuestras deudas, podremos vivir una vida más relajada.

Pero hay otra cosas que me motivan, como trabajar con ustedes. Con su apoyo y experiencia y el valor que le dan a mi trabajo, puedo sentir que he logrado mis sueños. La experiencia de recibirlos en mi casa ha sido una de las más bonitas, y siempre espero con ansias su regreso al país, para que vengan a visitarme, poder atenderlos con alegría y amor, un buen pedazo de carne ahumada y cerveza. Podemos compartir una charla entre amigos, y poder contarles sobre nuestro esfuerzo para mejorar día a día y así lograr un buen café.

Esta es una breve descripción de la historia de mi familia, de donde vengo, las situaciones que he debido enfrentar con mi esposo, que le han dado forma a mi carácter y a mi deseo por ir siempre hacia adelante. Me han salido algunas lágrimas escribiendo esta carta, pero lo hice con gran amor por el equipo de Collaborative Coffee Source.

Agradezco su interés en mis origines y en mis sueños. Espero que nos puedan visitar de nuevo pronto!

Con amor,
María

 Maria con su esposo, Jose Erazo, y sus hijos Diego y Daniel

Maria con su esposo, Jose Erazo, y sus hijos Diego y Daniel